Una caverna. Los hombres nacen y viven allí, encadenados unos a otros, sin poder mirar más que al frente, solo pueden ver sombras, sombras proyectadas por un fuego, una “luz” que ellos no pueden ver, no ven eso ni a quien emite las sombras. Solo ven sombras y nucas. Uno de ellos es liberado. Rompe sus cadenas, es sacado de la fila de hombres, puede moverse libremente, y de pronto, sale, lo sacan de la caverna. Pero, estando afuera, no puede ver, no hay nada, ¿no hay nada? ¿o es que la luz que todo lo inunda lo encandila y no lo deja ver? Sí, eso es. Le duelen los ojos, es mucha luz, no se compara con la caverna. Le molesta, no quiere, quiere volver, quiere estar cómodo, lo arrastran, lo obligan a mantener los ojos abiertos, a permanecer ahí. Puede, luego, vislumbrar sombras, siluetas, comienza a conocer. Cuando sus ojos se apaciguan, cuando lo dejan ver, cuando se acostumbran a la luminosidad, comienza a descubrir, a descubrir cuanta forma, cuanto hombre lo rodea. Mira, luego, hacia donde nace todo, hacia lo que crea y hace posible él que pueda ver: hacia el Sol. Comprende entonces la belleza de todo, que todo allí es más verdadero, infinitamente más verdadero que en la caverna, que en su antigua vida. Piensa en ello y en como los hombres allá abajo solo pueden ver sombras detrás de un biombo, en como sería de terrible regresar a esa vida teniendo ya la verdad de la luz. Y lo hace, vuelve, vuelve a su sitio en la caverna, a su puesto en la fila, los ojos le molestan, no puede ver, pero ahora es por estar inmerso en la oscuridad y sus ojos ya se habían acostumbrado a la luz. Los hombres, aquellos que han permanecido toda su vida en la caverna, lo juzgan y ridiculizan por haber sido tan torpe de haberse estropeado los ojos al subir, y si él intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz, ¿no lo matarían, si pudieran tenerlo en sus manos y matarlo?

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